
¿QUIÉN PROTEGE CUANDO HAY GENOCIDIO?
octubre 2, 2025
Hay algo que casi nunca decimos con claridad: volver a trabajar cuando somos mamás duele, incluso cuando amamos profundamente lo que hacemos.
En mi caso, además, el trabajo implica estar más tiempo fuera de casa y, a veces, viajar fuera del país. Y es extraño sentir, al mismo tiempo, la emoción por las nuevas aventuras laborales y la punzada en el pecho por dejar el nido.
Cada vez que preparo una maleta siento dos fuerzas moviéndose dentro de mí:
la mujer que soñó y trabajó por abrirse camino, y la mamá que mira a su pequeño sabiendo que, durante algunos días, no estaré ahí para acompañar sus descubrimientos, sus ocurrencias, sus rutinas que cambian tan rápido.
La alegría de crecer profesionalmente convive con la nostalgia de lo que me pierdo.
Y aunque sé que mi hijo está rodeado de amor, cuidados y seguridad, no deja de doler. Es una nostalgia que se instala en lugares del cuerpo que antes no conocía.
Pero también es una certeza: trabajo por él, por nosotres, por abrir espacios donde las mujeres –y especialmente las mujeres afrodescendientes– podamos trabajar, maternar y seguir siendo nosotras mismas sin sentir que una parte de la vida exige sacrificar la otra.
Esta es la parte menos romantizada de la conciliación:
el peso del equipaje emocional, la culpa que intenta colarse, los silencios donde negociamos con nosotras mismas para sostener las dos cosas que amamos.
Pero también está la otra cara: la fortaleza de saber que crecer profesionalmente también es un legado. Que mi hijo verá a su mamá construir, crear, enseñar y luchar por un mundo más justo.
Es difícil. Es hermoso. Es contradictorio. Es real.
Y sé que no soy la única.
A todas las mamás que también viajan, trabajan, crean y sienten ese nudo en la garganta cuando cierran la puerta de casa: las veo.
Estamos criando y creciendo al mismo tiempo. Y eso, aunque duela, también es una forma de amor.




